Museo de Prensa mira veinte años hacia el pasado y se encuentra con “Twitter”, la red social global que desestabilizó al periodismo, a la política y buena parte de la cultura y que hoy, de la mano de Elon Musk, se llama “X”. Aquí, una conversación con uno de los primeros usuarios chilenos: @elquenoaporta.
por Isidora Lamas
Durante décadas, el periodismo chileno funcionó bajo la lógica de que la noticia tenía dueño. Los diarios definían qué era importante, la televisión organizaba la agenda pública y la radio era el espacio natural de la inmediatez. El periodista reportaba, el editor revisaba y el medio lo publicaba. Recién entonces la noticia llegaba a la audiencia.
Ese modelo empezó a cambiar a fines de la década del 2000, no por una crisis política ni económica, sino por una tecnológica. La llegada de la red social Twitter en 2006 (ver nuestro podcast) introdujo una lógica completamente distinta para la circulación de la información: inmediata, abierta y descentralizada. Por primera vez, periodistas, políticos y ciudadanos comunes compartieron contenido en tiempo real. La noticia dejó de pertenecer exclusivamente a los medios tradicionales y comenzó a circular libremente en tiempo real.
Cuando Twitter se comenzó a hacer conocido en Chile, alrededor del año 2008, su uso estaba lejos de ser masivo. Era una red pequeña, casi de nicho, habitada principalmente por periodistas, académicos y algunas figuras políticas. A diferencia de Facebook, que organizaba relaciones entre personas conocidas, Twitter permitía seguir a completos desconocidos y construir redes a partir de intereses comunes. Esa diferencia técnica, aparentemente simple, terminó alterando una lógica histórica del periodismo: la información ya no necesitaba necesariamente de un medio de comunicación para alcanzar una audiencia.
Francisco Ibáñez Aldunate, conocido en la plataforma como @elquenoaporta, fue uno de los primeros en habitar ese ecosistema. Consiguió miles de seguidores cuando la red no era masiva. Su llegada a “Twitter” fue casual. “Yo escribía en esos tiempos en un blog. Fue un amigo el que me habló de Twitter y me explicó lo de los 140 caracteres, que era la máxima extensión por tuit los primeros años”, recuerda.
La brevedad lo incomodó al principio, pero rápidamente entendió la lógica. “Me costó adaptarme a lo corto del formato, pero rápido le tomé la mano”.
Lo que en esos primeros años parecía más un espacio para comentar televisión o hacer humor terminó convirtiéndose en algo mucho más grande. La presión por la instantaneidad comenzó a imponerse sobre los medios tradicionales. El periodista dejó de ser el único capaz de informar con rapidez y empezó a competir con otros periodistas, con políticos y, por primera vez, con usuarios comunes.
En Chile, el punto de inflexión fue el terremoto del 27 de febrero de 2010. Con gran parte de la infraestructura de telecomunicaciones colapsada, la televisión reaccionando con lentitud y las líneas telefónicas fuera de servicio, Twitter llenó un vacío. Miles de personas comenzaron a reportar daños, compartir imágenes, advertir sobre zonas afectadas y coordinar ayuda. Fue la primera vez que una catástrofe nacional se cubrió de manera colectiva desde redes sociales, sin que un medio organizara la cobertura.

Ibáñez recuerda ese momento como el instante en que Twitter dejó de ser solo conversación. “Me di cuenta de lo informativo y útil que podía ser cuando se masificó luego del 27F. La gente buscando información, coordinando ayudas, fue muy potente”, cuenta. Se consolidó entonces una nueva lógica: la noticia dejó de bajar desde un medio hacia su audiencia y empezó a circular horizontalmente, de usuario a usuario.
En ese ecosistema emergieron nuevas figuras con capacidad de influencia, aunque no pertenecieran a medios tradicionales. @elquenoaporta fue una de ellas. Su cuenta, que mezclaba contingencia, humor y análisis político, se convirtió en una referencia . Su relevancia no estaba en reportear hechos, sino en sugerir qué mirar, qué amplificar y qué comentar.
Ibáñez insiste en que nunca utilizó Twitter con una lógica profesional. “Creo que nunca usé Twitter ‘profesionalmente’. Siempre se sale el periodista, pero para mí Twitter era comentar las noticias, la actualidad, los programas de TV, aprovechando de tirar una talla”. Sin embargo, esa mezcla de lectura rápida, ironía y capacidad de síntesis terminó construyendo influencia. “Me empezaron a contactar para entrevistarme, marcas para colaborar. Fuimos influencers antes de que existiera el término”, dice entre risas. Incluso recuerda un episodio que le confirmó el alcance de su cuenta: “Me comenzó a seguir Obama cuando era presidente. Obvio que era su community manager, pero ahí me di cuenta del alcance”.
La lógica de lo digital desplazó parte de la legitimidad que tenían los medios de comunicación hacia individuos concretos. La audiencia empezó a seguir nombres, no medios. Así, el usuario común pasó a disputar espacios de influencia que antes parecían reservados exclusivamente a profesionales de los medios.

Con las movilizaciones estudiantiles de 2011 y los ciclos electorales posteriores, Twitter terminó de consolidarse como una herramienta central de la discusión política chilena. Los medios comenzaron a monitorear tendencias para construir pauta, los políticos utilizaron la plataforma para instalar mensajes directos y los ciudadanos la ocuparon para disputar relatos y amplificar causas. La conversación pública empezó a moverse a una velocidad distinta. Muchas veces la noticia nacía primero en Twitter y solo después llegaba a los titulares.


Pero el Twitter de esos primeros años ya no existe. O al menos eso cree Ibáñez. “Todo cambió. Creo que es otra red”, dice. Habla de la extensión de los mensajes, de las cuentas pagadas y de la publicidad excesiva, pero sobre todo del clima que se instaló. “Se refleja mucho la polarización social y política. Ya no se puede decir nada sin que te acusen de algo”.
Su diagnóstico es tajante. “Creo que murió. A veces tengo la esperanza de que resucite, de que vuelva a ser el espacio que era, pero me meto dos minutos y me doy cuenta de que eso no va a pasar”.
Hoy, bajo el nombre de X, la plataforma funciona bajo otras reglas. Pero el quiebre que produjo sigue intacto. Permitió que actores anónimos disputaran la construcción de la realidad pública y obligó a los medios a adaptarse.


