Luis Alberto Ganderats: “En esta profesión es bueno no tener un miedo paralizante, porque si no, te vas limitando a ti mismo”

El 5 de junio, a los 82 años, el destacado periodista y exprofesor de la Escuela de Periodismo de la UDP Luis Alberto Ganderats murió de cáncer. Exactamente un año antes había dado su última entrevista a revista Ya, en la que habló de su confinamiento durante la pandemia, del rol de la televisión, de las lecciones que aprendió como cronista de viajes y de un libro que estaba escribiendo sobre Pablo Neruda como cónsul en Oriente, el que dejó inédito.

Tuvo que desatarse una crisis sanitaria global para que Luis Alberto Ganderats se resignara a interrumpir, al menos provisoriamente, su periplo por el mundo. El periodista, quien ha recorrido más de cien países como corresponsal y cronista de viajes, lleva casi un año y medio confinado en su departamento de Las Condes, que abandona solo para dar caminatas breves. Cuando se declaró la pandemia, tenía los pasajes listos para viajar a España y luego a Irán.

-No es lo que a mí me gusta -dice una mañana desde su inusitado encierro-. Prefiero ser partícipe o espectador directo, y no dejarme llevar por las visiones de otros. Es natural: llevo más de 50 años tratando de hacer eso.

Sin embargo, no dramatiza su situación. Más bien al revés.

-Este es un fenómeno que uno leía en la historia. De repente, me ha parecido hasta un privilegio vivirlo antes de morir, algo de lo que debo estar cerca.

Lo que sí le preocupa últimamente es el estado de la salud mental de la población por efecto del coronavirus, de vuelta en la agenda a propósito de una ley que busca reconocer y proteger los derechos en este ámbito.

-Hablamos mucho de la pandemia y de los horrores que ocurren aquí, pero no miramos otros problemas que existen en Chile. Estamos en una situación bastante compleja en materia de salud mental, y eso no lo vemos.

Fotografía: Sergio Alfonso López.

La televisión

Exdirector del Departamento de Prensa de Canal 13, cargo que ejerció durante algunos meses en 1974, conoce de cerca la influencia de las imágenes en el ánimo general.

-Me parece bastante frívola la actitud que tenemos como sociedad, desde el Gobierno, la oposición y los medios de comunicación. No puede ser que los canales reaccionen a los intereses editoriales de sus dueños y no se preocupen de la sociedad entera. La competencia por quién habla de más muertos empeora nuestra salud mental. Lo más importante es el bienestar, principalmente el de la gente que vive más postergada.

No es primera vez que interpela a la industria televisiva. En sus años al frente de la Revista del Domingo, donde se desempeñó durante buena parte de su trayectoria, dedicó ediciones completas a cuestionar los contenidos que instala la pantalla en el imaginario colectivo.

-Siempre he sido muy crítico de la televisión. Es una de las razones por las que nunca voy. Jamás me invitan.

Se dice que pronto será desplazada por internet. ¿Aun así hay que apostar por ella?

-Sí, absolutamente. La gente que no tiene ingresos y que vive en pocos metros cuadrados no tiene Skype, no tiene Zoom. Muchas veces, ni siquiera tiene un computador en su casa. Lo que sí tiene es un televisor. Ahí es donde la televisión chilena debería hacer un aporte. Cuenta con la posibilidad y con la responsabilidad.

Al periodista le gustaría que, por ejemplo, existiera un canal destinado exclusivamente a la emisión de terapias físicas y psicológicas para el público.

 -¿Es factible su propuesta, o se siente haciendo un llamado en el desierto?

-Yo creo que lo segundo.

Ir y volver

Luis Alberto Ganderats nació y creció en Lebu, provincia de Arauco, cuando la televisión aún no llegaba al país. De esos primeros años no recuerda nada parecido a una vocación, pero sí algunas señales de lo que más tarde se convirtió en su oficio de cronista.

-Mi aspiración era ir a las mejores fiestas que hubiera y hacer la vida lo más entretenida posible. Era mal alumno en el colegio, pero leía el editorial de El Mercurio y buscaba el significado de las palabras que no entendía. Ahí estaba el germen del amor y la curiosidad por el lenguaje. También llevaba un diario de vida donde comentaba las noticias. Lo tuve que botar, porque me daba vergüenza lo que decía.

Completó su formación escolar en Santiago y, a continuación, trabajó como auxiliar en la compañía Duncan Fox y como cajero en el Banco de Crédito e Inversiones, donde lo despidieron, según relata, por participar en una huelga. Hasta que en una de las fiestas que frecuentaba conoció a una estudiante de periodismo y su futuro se reveló. “¿Esa cuestión se estudia?”, preguntó sorprendido.

A los 23 años entró a esa carrera en la Universidad Católica y, desde entonces, no se detuvo. En febrero de 1967, mientras trabajaba en una recién creada Revista del Domingo, de El Mercurio, fue enviado a cubrir el vigésimo viaje de instrucción del buque-escuela “Esmeralda” con destino en Estambul (“Seguramente porque era el más prescindible de todos”), en mitad del cual lo derivaron a reportear la Guerra de los Seis Días entre Israel y sus países limítrofes.

Durante las décadas siguientes, entrevistó a líderes de todo tipo y se sumergió en los avatares culturales de media humanidad. Reconoce que su mal oído para los idiomas pudo afectar su percepción del entorno, pero que en cambio tenía a su favor el estudio minucioso y el olfato periodístico. Y la falta de temor.

-Iba al África negra y me metía en los parques nacionales con una grabadora y una máquina fotográfica que apenas sabía usar. Hacía todo tipo de tonteras, pero lo vivía intensamente y sin miedo. En esta profesión es bueno no tener un miedo paralizante, porque si no, te vas limitando a ti mismo.

La ausencia de miedo, asegura, también le ocasionó problemas, como cuando criticaba el abuso de las empresas y de las autoridades políticas durante la dictadura. A su alrededor, sin embargo, recuerda que oía una frase entre comprensiva y displicente: “Son cosas de Ganderats”.

 -Al menos, he tenido la satisfacción de ser lo más consecuente posible.

En paralelo, cofundó medios -como la edición chilena de la revista Muy Interesante y el diario El Metropolitano, entre otros- e impartió clases en las universidades Diego Portales y Las Condes (hoy Del Desarrollo). Pero nunca aprendió tanto como en sus recorridos por los cinco continentes, determinantes en la evolución de su pensamiento.

-Los viajes me dieron una visión del mundo que me ha hecho cambiar como persona. Lo que soy ahora, mi posición frente a la política, es producto de haber conocido ese mundo y de haberme dado cuenta de los problemas con los que vivimos acá.

-¿En qué lugares manejan la salud mental mejor que nosotros?

-Están relacionados con sociedades religiosas, budistas y musulmanas. Tienen menos conflictos de vida. Si les va muy mal, ofrecen su sacrificio a su dios o a su pastor. Eso los hace estar más protegidos contra las enfermedades mentales.

-¿Hubo algún sitio donde quiso quedarse a vivir?

-No. Soy un chileno típico. Siempre quise volver.

Fotografía: Sergio Alfonso López.

La intolerancia

A inicios de mayo, Luis Alberto Ganderats terminó de escribir “Lavín: un hombre en borrador”, un libro -publicado en su sitio web personal- donde critica duramente “el truco de cambiar de ideas sin cambiar de partido” del precandidato presidencial de la UDI. Para él, eso sí, este último rasgo caracteriza a buena parte de la clase política tradicional.

-Este es un país de gente muy arribista y oportunista que se afirmó en los tiempos de la Concertación, cuando subió económica y socialmente. Me duele un poco que la mejoría económica de esas clases medias, incluso de gente que venía de la clase obrera, de repente se haya transformado en esta fiesta de máscaras en la que se sienten aristócratas y empiezan a defender los intereses de quienes no deberían defender.

También cree que, en general, en Chile “hay poca voluntad de conocer al otro”, un ejercicio que siempre se planteó como un objetivo importante en sus viajes por el mundo.

-Se nota la intolerancia contra el boliviano, el peruano, el venezolano. Somos un poco provincianos, la verdad. No tenemos curiosidad por conocer con generosidad otra manera de vivir, pensar y resolver los problemas.

Sin embargo, cree que el predominio del individualismo podría empezar a retroceder luego de las manifestaciones sociales de octubre de 2019 y el actual proceso constituyente.

-Se produjo una toma de conciencia que yo mismo no me imaginé que ocurriría. Llega un momento en el que la injusticia se desborda. En Chile quizás se hizo más notoria porque más gente tuvo acceso a la educación. Me tocó ver gente muy elegante, con cartera Louis Vuitton, marchando en Vitacura. Al final, se dieron cuenta de que la sociedad no estaba funcionando para ellos, y para qué decir para el resto.

En lo que a él respecta, espera el fin de la pandemia para poder emprender su suspendido viaje a Irán, un país cuya complejidad cultural lo fascina.

-Pero cuando cumples esta edad, ya no puedes tener demasiados proyectos -advierte.

Mientras, avanza en la escritura de un nuevo libro sobre la etapa de Pablo Neruda como cónsul en Oriente, una investigación en la que viene trabajando desde hace años. Sigue atento la actualidad noticiosa y, de vez en cuando, entra a los foros de internet y escribe sus opiniones sobre el tema del momento.

*Esta entrevista fue publicada originalmente en Revista Ya, de El Mercurio, el 1 de junio de 2021, bajo el título “La competencia por quién habla de más muertos empeora nuestra salud mental”.