Abraham Santibáñez: “El periodismo es una pasión, pero hay mucha gente que lo ve como pega. Eso me parece terrible”

Director de medios, docente, autor de libros, expresidente del Colegio de Periodistas y uno de fundadores de la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales, Abraham Santibáñez habla del día en que cubrió el caso de los Hornos de Lonquén, de lo difícil que fue dirigir un medio durante la transición y de sus más de 50 años en el oficio.

El periodista Abraham Santibáñez, Premio Nacional de Periodismo en 2015, vive en El Llano, comuna de San Miguel, en el barrio de toda la vida, junto a su señora, la marionetista Ana María Allendes.
Aún tiene dificultades para moverse debido a la secuelas físicas que le dejó un accidente que sufrió en el metro de Santiago en 2021.
Pese a todos los problemas de salud y a sus 84 años, su actitud es positiva, se mantiene activo, lee prensa todos los días y está atento a la pauta noticiosa.
Hijo de un obrero y una química farmacéutica, cuenta que tuvo una infancia nómade viviendo en lugares como Til Til, pero que finalmente su familia echó raíces en la comuna de La Cisterna.
Su padre murió joven debido a la tuberculosis y fue Berta, su madre, quien se hizo cargo de los tres hijos del matrimonio. “A ella le debo todo. En mi casa se leía mucho. Revistas y diarios. Por ella supe de Ercilla y Vea en los años 50. Después descubrí la revista Paris Match en la librería francesa, donde daban noticias internacionales como las elecciones de Estados Unidos cuando triunfó Truman. Siempre pensé que lo más importante para mí era el área internacional”.
Estudió en el Instituto Nacional y después cursó un año en Química y Farmacia en la Universidad de Chile, cumpliendo con el mandato familiar. “Me dediqué a confeccionar murales. No terminé primer año y, en vez de dar exámenes, me fui a averiguar los requisitos para entrar a Periodismo”.
Entró a la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile que se había abierto hacía solo tres años y se tituló en 1966. “Fui compañero de Raquel Correa y tuve como profesores al historiador Leopoldo Castedo y al diseñador Mauricio Amster”.
-¿Qué periodistas chilenos lo influenciaron en sus comienzos?
-Como sempiterno lector de El Mercurio, leía a José María Navasal. Después fui ayudante de Mario Planet en la Universidad de Chile. Y luego conocí a los periodistas de Ercilla Lenka Franulic y Luis Hernández Parker.
-¿Cuál fue su motivación para estudiar esta carrera?
-Lo mío fue simplemente una gran afición a la lectura, que me permitió conocer la realidad desde mi entorno inmediato hasta el mundo entero. El periodismo es una pasión, pero hay mucha gente que lo ve como pega. Eso me parece terrible.
Su primer trabajo fue en el semanario La Voz, del Arzobispado de Santiago (1959-1965) y luego escribió en la revista Vea, donde “el alma periodística era Raquel Correa. Ella era la que sugería temas, la reportera”.
-¿Se considera un buen reportero?
-Yo nunca he sido bueno para las entrevistas. Soy más de documentarme y aprovechar la entrevista para un trabajo más largo. Lo mío tiene mucho que ver con el periodismo interpretativo. Me gusta observar y tenía fama de ser buen redactor.

Con su señora, la marionetista, Ana María Allendes.
Con su señora, la marionetista, Ana María Allendes

La época Ercilla

En 1968 Santibáñez contribuyó a la reformulación de la revista Ercilla, de la cual fue editor internacional y subdirector hasta 1977.
-¿Cómo llegó usted a trabajar a Ercilla?
-Llegué después de pasar por Vea. Y el que me llevó fue Emilio Filippi. Lo más importante que hicimos fue cambiar el formato siguiendo el modelo de la revista Time. Una especie de resumen organizado que le daba sentido a las noticias dispersas. Eso exigía escribir textos ordenados, como capítulos de un relato que van desarrollado una narración que se cuelga de la actualidad. Ercilla tenía mucho contenido interpretativo y estaba armada por secciones. Nos entusiasmamos con eso y partimos un equipo en el que todavía trabajaba Luis Hernández Parker. Estaba Hernán Millas y se incorporó gente como Guillermo Blanco, Ana María Foxley y María Olivia Monckeberg.
-¿Qué color político tenía Ercilla?
-Era muy cercana a la Democracia Cristiana. Yo fui muy cercano a la DC, milité un tiempo, hasta que decidí que, como periodista, no era compatible. Creo que el periodista debe ser totalmente independiente. La revista era bastante cotizada. Un día Frei Montalva retó a un ministro y le dijo: “Y cómo no se ha enterado de lo que sale hoy día en Ercilla”. Eso éramos nosotros.
El día del golpe de Estado de 1973, trabajando en Ercilla, escuchó junto a todo el equipo de periodistas el discurso final de Allende. “Filippi decidió que nos fuéramos y, cuando volvimos a tomar contacto, la revista había sido ocupada por los militares. Tuvimos que esperar como tres semanas para sacar la siguiente edición”.

Lonquén, 1978
En 1977, junto a parte del equipo de Ercilla, creó la revista Hoy, una de las publicaciones más importantes de oposición al régimen militar, y la única revista no oficialista a la que se le permitió, tempranamente, circular en dictadura.
Ahí le tocó vivir el hito periodístico más importante de su carrera. Cuenta que el 30 de noviembre de 1978 recibió un llamado telefónico de la Vicaría de la Solidaridad. “Me llamaron del Arzobispado para confirmar una denuncia que había recibido un cura en secreto de confesión de que en los hornos de Lonquén había cadáveres sepultados” .
-¿Cómo enfrentó ese hallazgo?
-Se ordenó que una comisión de profesionales se dirigiera al lugar, verificara el hecho y confirmara que eran restos humanos de detenidos desaparecidos que habían sido ejecutados y luego sepultados. Los hornos eran dos antiguas chimeneas de cerca de nueve metros de altura que antes habían sido utilizadas para la preparación de cal. Había ropa y no se distinguía mucho si había cadáveres humanos. Pero toda la impresión confirmaba que ahí estaban algunos desaparecidos. Otra cosa que yo recuerdo muy íntimamente es que era un peladero y que había gente mirando a escondidas. O sea, la gente sabía que ahí había pasado algo terrible. Máximo Pacheco, que formaba parte de comisión, decidió que este hallazgo fuera presentado a la Corte Suprema para pedir que se investigara. Y así se hizo. Se llevaron algunos restos, huesos, para demostrar que eran humanos. Me marcó mucho Lonquén, porque tuve la posibilidad de dar la primera información.
-¿Lo afectó psicológicamente?
-El periodismo es una profesión de contrastes entre la muerte y la vida. Cuando llegué a mi casa desde Lonquén, me duché y partí con Ana María a una recepción que tenía en una embajada. Ahí me encontré con Máximo Pacheco. Por supuesto no hablamos del tema. Fue un contraste brutal.
-Ustedes hicieron periodismo de oposición en dictadura. ¿Cómo fue esa experiencia?
-Eso fue lo que nos hizo salir de Ercilla y crear Hoy. En ese clima crispado, la información crítica era muy poca frente a la información oficial que dominaba la prensa escrita. Nosotros tuvimos la oportunidad de recoger ese sentimiento y proyectarlo. Sobre todo en dos temas cruciales: los derechos humanos y la crisis económica. El año 84 empezaron las protestas nacionales y aumentaron las revistas opositoras, como Cauce y Apsi.
-¿Hasta cuándo trabajó en Hoy?
-Me desvincularon a fines del 89. Ahí me tomé las primeras vacaciones en muchos años y me fui a Tongoy. Un día llegó un carabinero y me dijo que el ministro Enrique Correa necesitaba hablar conmigo. Tuve que ir a la comisaría y Correa me dijo que me llamaba por orden del Presidente para que me hiciera cargo del diario La Nación.

El fin de una era
A comienzos de marzo de 1990, antes que asumiera el primer Presidente de la transición, armó el equipo periodístico y se transformó en el director del diario hasta el siguiente cambio de gobierno, en 1994. “Y el 11 de marzo, mientras Patricio Aylwin estaba en Valparaíso, llegué a La Nación a media mañana. Me instalé en mi escritorio y, de a poquito, fueron llegando los periodistas. La sala de redacción era muy grande. Había 20 veinte máquinas de escribir, 30 periodistas peleándose las máquinas, y mucho ruido hasta tarde”.
-¿Cuáles fueron los desafíos que debió asumir como director de La Nación?
-Como Pinochet seguía en el cargo el Ejército, era muy sensible a lo que nosotros publicábamos. No fue fácil dirigir una publicación en libertad de prensa en un momento democrático, donde existía una severa vigilancia por parte de los militares. La Nación tenía reportajes en profundidad. Yo estuve hasta el 94 y creamos la idea de un cuerpo de reportajes con Francisco Artaza y Manuel Salazar.
-¿Qué problemas tuvieron?
-El delator y agente de la CNI Miguel Estay Reyno, “El Fanta”, apareció en Paraguay. Y nosotros lo pusimos en portada. Recuerdo que una señora muy respetada en la comunidad de derechos humanos vino a La Nación y me preguntó: ¿qué pasa si se arranca? Ahí me di cuenta de que habíamos cometido un error al anunciar la aparición de “El Fanta”. Un dilema ético que es más viejo que el mundo, pero a mí no se me había pasado por la cabeza hasta ese momento.
-¿Por qué desaparecieron los medios opositores a la dictadura, como revista Hoy, cuando se recuperó la democracia?
-Haciendo una autocrítica creo que un punto fue la dificultad que tuvimos para encarar el nuevo panorama. Junto con el desarrollo económico de Chile, los medios de oposición a la dictadura se quedaron en la misma fórmula que les dio prestigio, la investigación y la denuncia, postergando muchas veces otros temas.
– ¿Tuvo que ver la baja del avisaje?
-Estos medios también desparecieron por la falta de apoyo de los gobiernos de la Concertación. Los avisos del Estado se entregaron fundamentalmente a medios que habían favorecido a la dictadura. En el caso de los diarios, La Época y La Nación, recibieron poca publicidad estatal. La razón que se adujo fue la baja circulación, pero eso terminó siendo un círculo vicioso: el escaso avisaje generaba una imagen pobre en el público y ante los posibles avisadores.
-¿Qué opina sobre la crisis actual de los medios?
-Esta se debe, más que nada, a los efectos en la comunicación de los revolucionarios cambios tecnológicos. En la medida que el público cree que se informa bien mediante las redes sociales, decide no comprar más el periódico. Y, además, la radio y la televisión optan por otro tipo de programas, especialmente de farándula. Este desafío ha obligado a los medios a repensarse. Existen muy buenas respuestas de los diarios en el mundo que combinan el papel con las multiplataformas.

El premio

-Usted es especialista en ética periodística e hizo clases de periodismo por décadas. ¿Cómo llegó a ser un experto en ese tema?
-Me dediqué después en la Universidad Diego Portales, cuando Lucía Castellón era directora de la Escuela de Periodismo. Ella siempre se había interesado por el tema de la ética y tenía muy buenos contactos con la embajada de Estados Unidos. A fines de los 90 vinieron a Chile varios profesores. Y así fui aprendiendo. Empezamos a hacer seminarios y en varios de esos cursos fui ayudante. Me acuerdo que hicimos un seminario para la Escuela de Periodismo de la UDP y para Televisión Nacional. Después hice mi libro sobre ética.
-¿Cuál es su visión de la ética en el periodismo?
-Hay dos temas básicos. Primero está la necesidad de hacer periodismo interpretativo, es decir, darle un contexto a la información, porque no basta responder a las preguntas qué, cuándo, cómo, dónde y por qué. Y el otro tema es la ética, sobre todo ahora con las redes sociales. Hoy se realizan publicaciones anónimas con acusaciones que no han sido verificadas. Y no se puede dar una noticia sin confirmar. La ética periodística se debe estudiar con casos específicos. Por ejemplo: ¿Qué pasó con el caso Spiniak? Spiniak apareció por un dato que le dio la policía a los periodistas. Había una jovencita, Gemita Bueno, que era la que sabía toda la historia. Entonces los reporteros se fueron detrás de ella sin comprobar si ella decía o no la verdad. Hasta que un día en The Clinic salió el titular de Gemita Bueno diciendo: “Me pasé por la raja a todo Chile”.

Abraham Santibáñez recibió el Premio nacional de periodismo en 2015. “He tenido mucha suerte. Ese día recordé al equipo de La Voz, donde coincidíamos en algunas cosas, incluso desde el punto de vista religioso. Ahí trabajé con varios periodistas que habían sido compañeros de escuela. Después, pensé en la gente de Vea. Y en equipo de Ercilla, el definitivo, que se fue mayoritariamente al Hoy y que lo armamos con Emilio Filippi. Yo creo que este trabajo es en equipo. Y lo contrasto con las redes sociales, que son el unipersonalismo. Cuando recibí el premio, pensé en mi entorno más inmediato. Lo vi como un logro y me hace sentir orgulloso.´

-¿Qué opina del desempeño del actual Colegio de Periodistas, del cual usted fue presidente?
-Me inscribí cuando todavía estaba estudiando en la Universidad de Chile y fui presidente hace más de una década. Actualmente, el Colegio de Periodistas está siendo instrumentalizado por la izquierda más extrema y por el Partido Comunista. Como resultado, los periodistas de otras posiciones lo han ido abandonando. Yo no he pensado en renunciar. Mi idea es quedarme e invitar a más colegas que lo integren.