El 8 de octubre de 1932, la revista Wikén decía: “El sudor del obrero de la pampa se convierte en champagne que burbujea en Biarritz o San Sebastián. La sangre de los obreros lesionados en Sewell o Chuquicamata se juega a la ruleta en Montecarlo. ¡Hasta cuándo!”.
El texto daba cuenta de una desigualdad que su autor consideraba intolerable: mientras unos trabajaban en condiciones precarias, otros disfrutaban de la riqueza producida por ellos.
La firma detrás de esas líneas era la de Luis Mesa Bell, un periodista que, con 29 años, ya había pasado por distintas redacciones y asumido la dirección de varias publicaciones. En octubre de ese año llegó a Wikén, una revista que hasta entonces mantenía un estilo más cercano a las variedades y el espectáculo, cuyo propietario era el argentino Roque Blaya Alende. Mesa Bell dio un giro a la publicación: a través de artículos que hoy podríamos identificar como “periodismo de investigación”, comenzó a incomodar a algunas autoridades.
Mesa Bell no estuvo al frente de la revista durante mucho tiempo. Apenas poco más de dos meses después de asumir la dirección, fue asesinado.
Un cambio editorial
Antes de llegar a Wikén, Mesa Bell había trabajado como editor de La Nación y dirigido los periódicos El Correo de Valdivia y La Crónica. Su paso por esas publicaciones había contribuido a formar un estilo que combinaba la crítica social con la denuncia directa.
Cuando comenzó a dirigir Wikén, decidió llevar esa forma de hacer periodismo a una revista de características distintas. El cambio fue visible en los temas que aparecieron en sus páginas: la “Bolsa Negra” (el mercado de cambio de divisas ilegal e informal), los servicios de Aseo y Jardines, la Milicia Republicana y el tráfico de drogas en Valparaíso comenzaron a ocupar un espacio que antes estaba dedicado a contenidos menos controversiales.

El periodista exponía, denunciaba y señalaba responsables con nombres y apellidos. Según reconstruye Marisol García en su perfil “Luis Mesa Bell: el reportero acallado”, publicado en Revista Dossier en 2011, llegó incluso a disfrazarse de albañil para infiltrarse en los cuarteles de la Milicia Republicana.
La anécdota permite imaginar el tipo de reportero que era, pero también habla de una forma de ejercer el oficio en un momento en que las fronteras entre el periodismo, la militancia política y la denuncia pública estaban unidas. Mesa Bell era militante del movimiento Nueva Acción Pública; liderado por Eugenio Matte Hurtado, dirigente que en junio de 1932 había integrado la junta que dio el golpe de Estado contra el presidente Juan Esteban Montero y declaró la “República Socialista” de Chile, que duró doce días.
Mesa Bell escribía contra los abusos de poder y cuestionaba las diferencias entre quienes producían la riqueza y quienes se beneficiaban de ella. No intentaba disimular sus opiniones y, en ocasiones, recurría a un lenguaje que buscaba provocar una reacción en el lector. La revista se convirtió así en una plataforma desde la que podía intervenir en la discusión pública. Y mientras sus páginas cambiaban, también aumentaban las tensiones con las instituciones a las que apuntaban sus denuncias.
Los documentos de una denuncia
Entre los materiales que hoy permiten acercarse a ese período están los ejemplares de Wikén conservados en la Biblioteca Digital del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH).
Uno de ellos lleva un título que deja poco espacio para la ambigüedad: La Sección de Investigaciones, Baldón y Vergüenza de Chile y del Cuerpo de Carabineros. Publicado el 26 de noviembre de 1932, incluía una carta dirigida al ministro del Interior en la que Mesa Bell denunciaba persecuciones e intentos de agresión relacionados con la revista.

En esos mismos meses, el periodista investigaba la desaparición de Manuel Anabalón, un joven profesor de Antofagasta y dirigente gremial que había sido detenido durante los conflictos políticos y sociales de 1932. Anabalónhabía sido relegado al sur, pero en Valparaíso se perdió su rastro. El 22 de octubre, Wikén comenzó a publicar antecedentes sobre el caso. Mesa Bell señaló a la Sección de Investigaciones del puerto como principal sospechosa de la desaparición. En las semanas siguientes, amplió sus acusaciones y apuntó contra Alberto Rencoret Donoso, prefecto de Investigaciones de Valparaíso.
El caso de Anabalón terminó convirtiéndose en una de las investigaciones más importantes de su corta trayectoria. Sin embargo, las publicaciones de Wikén muestran que no era la única preocupación del periodista. La desaparición del profesor se sumaba a una serie de denuncias que ya habían puesto a la revista en conflicto con distintos sectores.

La historia que quedó después
20 de diciembre de 1932. Faltan cuatro días para que Arturo Alessandri asuma el mando del país después de un periodo de grandes conflictos políticos, múltiples gobiernos, golpes de Estado, juntas y gobiernos provisorios. En ese día el país está a cargo de un vicepresidente interino: Abraham Oyanedel, quien además es el presidente de la Corte Suprema y que tiene como única misión garantizar un traspaso de mando ordenado. Aquel día 20, Mesa Bell fue secuestrado y asesinado a golpes por los agentes policiales Carlos Vergara, Leandro Bravo y Eugenio Trullenque. Al día siguiente del asesinato de Mesa Bell, el cuerpo del profesor fue encontrado en el mar, en Valparaíso.
Ambos crímenes provocaron una fuerte conmoción pública. La prensa de la época recogió las sospechas sobre la participación de agentes policiales y exigió que se investigaran las responsabilidades.

El funeral del periodista congregó a una multitud, en una muestra de la repercusión que había alcanzado su trabajo.
El 24 de diciembre de 1932, el mismo día en que el flamante presidente Arturo Alessandri asumía el cargo, Wikén prefirió destinar su portada a un homenaje a Mesa Bell: El mártir de la libertad de prensa. El homenaje instaló una imagen que acompañaría su recuerdo durante décadas: la del periodista que fue asesinado por denunciar los abusos de quienes ejercían el poder.



